cuyo aliento cálido me recordaba el cuerpo tibio
Poesía escrita, Jorge Eduardo Eielson.
Estoy
viviendo la piel oculta
del
ser que yace en mí.
Poema Silencio,
A.M.Intili
El
destino escritural, la pericia y la inocencia vestida/ desvestida, serán punto
de quiebre en la obra de Jorge Eduardo Eielson (Lima 1924, Milán 2006),
artista de múltiples facetas, migrado a Europa en 1950 para no retornar sino
como un relámpago; a través de su legado artístico por la pantalla, como
ocurrió en la última visita virtual al Perú, por medio de una teleconferencia
que pudimos contemplar en los recintos de Telefónica.
Advertimos
una constante en la mencionada obra que deseo resaltar. María, el personaje
cuida su cuerpo o lo abandona, lo viste o lo desviste está plagado de nudos o
desnudos. Éste es el carril por donde transcurre Eielson. Su trabajo, que
comienza desde muy joven, por el que recibirá el Premio Nacional de Poesía,
travesía compartida por el prematuramente desaparecido Javier Heraud (Lima 1942,
Puerto Maldonado 1963), quien recibirá el Primer Premio en Poesía en los Juegos
Florales de la Universidad de San Marcos.
En
Primera muerte de María, el título de
una de sus dos novelas, según algunos críticos, nos advierte que si es la
primera, existirá una segunda muerte que
el lector deberá develar. María, personaje principal, narrada en tercera
persona, nacida en la pobreza, se desnuda en el escenario, arroja su ropa que
irá “puliendo”, en un intento de desvirtuar su pobreza, y exhibir un cuerpo
fino, eróticamente perfumado, simulando desdén, arrojo y entrega de ese cuerpo
inocente, virginal impenetrable pureza.
Tal
vez la constante está en la búsqueda permanente de cambio, donde un cordón que
avanza en línea recta se curva sobre sí mismo, se convierte en lazo y luego en
nudo, que se vuelve sobre sí. Cada noche
María relata una historia, ella no es consciente de ello; el mecanismo es inconsciente, primer descubrimiento de
Freud, el segundo, es la llamada compulsión
a la repetición, es decir es un acto que el yo repetirá, sin advertir el
cómo ni el porqué.
La
historia de su vida está en el orden de lo inexacto que no cesa de repetir en
la presencia escénica. María no puede con su vida, con su propia historia de
entrega a Roberto, allí todo puede suceder: María-niña, María-mujer,
María-madre. Qué rol juega. Es indudable que esgrime el primero como vehículo
para transformarla en el segundo y arriesga el tercero. Es decir lleva tres
identidades posibles, como también tres nombres tangibles, María, María
Magdalena Pacheco, Lady Ciclotrón. Podemos suponer por ejemplo, si usamos el
eje temporal, que en la mañana María será una mujer de pueblo; en la tarde
preparación para el ritual María Magdalena; en la noche Lady Ciclotrón, el
ciclón, sexo y voracidad que arrasa los sentidos. A modo de transformación/
oruga/ mariposa, en un traslado de escenarios, fino cambio de piel y ropaje.
Entrega, entrega total, estallido de los sentidos, manjar, exquisito, provocativo,
texturante al que no se le puede negar la mirada como espejo del otro, el que
le otorga cada noche, a modo de partida de nacimiento, que no viene de su
vientre, sino de toda su piel y sus estructuras. Freud anuncia el yo es esencialmente corporal. El
yo-cuerpo-María expuesto a la mirada del otro, del espejo como mirada que tanto
fascinó a Borges, provocación repetitiva, que ostenta cada noche.
Para
el autor la mirada, el cuerpo, el ropaje, la integra y la desintegra. Su relato
es múltiple y lo ofrece una y otra vez. El capítulo “Los guantes” lo
anuncia, cubren y protegen, es uno de
los elementos de que se vale María para “con gesto magnífico lanzó sus guantes al público [...]
quitándoselos lentamente, [sus] manos [estuvieran] desnudas” (p. 13).
Retornamos al leitmotiv nudos/ desnudos. El narrador continúa el relato, en el
que anuncia su origen humilde-vergonzante-basural. Es lo que María quiere
esconder cuando se desnuda, su ropaje, incluido en la historia que no contará.
La otra parte ha de decirlo su cuerpo, contorneándose bajo la luz, tenue,
rítmica, magistral, la voz de Frank Sinatra, el mayor cantante de todos los
tiempos, para ciertos oídos, fuera de toda órbita posible. Es La Voz que ella conoció en la infancia,
incomprensible bajo toda luz como son ahora los quipus. Entendemos su orden,
sabemos su enorme importancia, pero desconocemos gran parte de su significado.
Bajo el vestido violeta, la protagonista insinuará, para luego mostrar aquello
que oculta pero ofrece, no en toda la historia, sino el fragmento donde se
transforma de niña a mujer. Tabula rasa y su viceversa.
Ana
María Intili
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