Trabajo ganador Primer concurso de estudiantes de FLAPPSIP
En Zautla aprendí que “comaletzin” le dicen a las comadres, aquellos personajes femeninos que comparten las tareas de crianza, o, como les dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: partera, vecina y amiga con quien tiene otra mujer más trato y confianza que con las demás. Esta historia se trata de varias “comadres” de un grupo de niñas internadas en un nuevo hogar, inaugurado en 2007, para el cuidado de menores en situación de vulnerabilidad, abandono y extrema pobreza, derivadas por el Ministerio de Justicia, para su protección. La primera terapeuta - comadre de ellas inició el trabajo fundador del pequeño hogar, rescató a varias de ellas de situaciones y lugares inenarrables e instaló en sus vidas la experiencia primera de la terapia y de la esperanza. Con gran pena para las pequeñas y agotamiento de ella misma tuvo que dejarlas, confiando en que una “comadre” - terapeuta podría recibirlas a todas y continuar su labor. Ese fue el encargo que recibí y que compartí con mi supervisora -“vecina” – (¿comadre?) que aceptó el reto de mirar a través de mis ojos inexpertos y acompañar el proceso hasta el final. Sus edades fluctúan entre los 2 y los 6 años, y los motivos por los cuales se encontraban allí eran diversos: pornografía infantil, abuso sexual, violencia familiar, pobreza extrema, abandono, orfandad. Ellas también se convirtieron en “comaletzin”, porque me inauguraron en mi aprendizaje como terapeuta infantil, en muchos desarrollos de mi feminidad, en la intensidad del vínculo y sobre todo porque me enseñaron a amarlas profundamente como grupo y como seres capaces de luchar determinadamente frente a las adversidades.
Para extender un poco las explicaciones, debo explicar, que Rita, compañera de promoción en la formación como terapeuta, inició el trabajo de recuperación de las niñas en la hogar sustituto, tiene una maravillosa hija, de quien me siento muy orgullosa de ser madrina y con la que compartimos la crianza de nuestros hijos en la primera infancia, y con la que tenemos en común muchas historias de trabajo social y de lucha por mejorar las condiciones por poblaciones menos favorecidas. También hemos compartido pérdidas y aflicciones, y muchas alegrías, pero sobre todo el valor de la vida y actualmente el camino de formarnos en esta Escuela. Me dejó la posta con la vara muy alta, y el encargo no hubiera podido ser cumplido sin el sostenimiento de mi terapeuta, que de un día a otro vio inundado su diván de gente menuda, en la sesión que llevé a todas mis niñas a cuestas, poblando mi mundo interno.
Comparto con ustedes unas líneas que dibujan apenas, la silueta de estas pequeñas mujercitas aguerridas, con las que viví intensamente el dolor, la dignidad y la alegría del ser humano.
Dana, 2 años, padres desconocidos, vivió hasta el año y medio en la calle en la mendicidad, fue “vendida” a una pareja con la que vivió unos meses.
Dana llegó al hogar sin hablar una palabra y así permaneció mucho tiempo, inmutable e imperturbable, mirando a todos fijamente con sus ojos negros, moviéndose pesadamente sólo para acercarse a la comida. Dana inauguraba las sesiones con los rituales de comer y bañar al bebé, pero siempre en silencio. Esto me abrumaba y yo canturreaba canciones infantiles para acompañar nuestros juegos. Transitamos a construir torres y puentes, a la pelota escondida y hallada, a las telas de distintas texturas y colores rozando su piel y allí apareció la primera sonrisa y la palabra. En su media lengua, en la sesión dijo: “Nananina” (mi nombre Carolina) y “tpta” (aquí está). Una vez, me hallaba distraída construyendo una torre y Dana me empezó a jalar de la manga enojada, mostrándome que no quería seguir en lo mismo, pidiéndome jugar con los animales. Los ordenaba escrupulosamente en filas y e imitábamos todas las variantes de los sonidos de cada uno: su demanda y autonomía estaban creciendo y de allí en adelante hubo cada vez más variación en el juego. De allí pasamos a jugar con el inodoro y los pañales del bebé, y finalmente pidió sentarse en la mesita y garabatear. Recuerdo con gusto que las sesiones finales me recibía con el pelo revuelto y sonriente y la cuidadora me decía: “¡se ha rebelado!” (con “b” de rebeldía) y yo pensaba que, sí pues, se ha revelado (con “v” de dejarse ver), y sentí alivio que se hiciera sentir como persona.
Adela, 2 años y medio, huérfana de padres VIH, abandonada desde su nacimiento en un hospital.
Adela llamó mi atención por su delgadez, su piel pálida y la agilidad de sus movimientos constantes, caminando de un lugar al otro. Hacía esfuerzos por no caerse, cosa que le ocurría con frecuencia y hablaba ininteligiblemente sin parar. Empezó vaciando la caja y tocando todo sin orden ni concierto para después garabatear en la pizarra acrílica, con el añadido que se chupaba el plumón con el que pintaba. Llegó tan frágil y desnutrida, que cuando destapaba un plumón se caía de espaldas y era ocasión para que nos echáramos a reir. Trasladamos los garabatos de la pizarra a hojas de papel que pegábamos en las paredes, y cada uno era señalado diciendo su nombre. Esto fue crucial para Adela en la creación de un juego propio y su proceso de diferenciación con los demás. A partir de allí, buscaba varios momentos de las sesiones a mirar por la ventana y saludar a sus compañeras celebrando la relación a la distancia, pero también buscaba su privacidad e individualidad en el espacio terapéutico y para ello cubrimos la ventana con varias telas, a pedido suyo. Debajo de una mesa creamos el artificio de una casita y allí pedía que la hiciera dormir junto a mí y jugar a la comidita y reprodujo varias de las escenas vividas como injustas cotidianamente por Adela en el hogar sustituto y con las cuales no se sentía bien. No siempre la comunicación fue fácil, hizo pataletas feroces cuando se frustraba, llorando desgarradoramente su abandono. Así como también se quedó dormida durante la mitad de una sesión y mientras la tenía entregada en mis brazos me preguntaba qué libro me faltó leer para resolver todo esto. Muchas veces me sentí impotente. La tentación de acariciarla para atender su desvalimiento fue grande y el recurso de la voz y el juego parecían insuficientes. Pero Adela empezaba cada vez con una voluntad de acero a construirse de nuevo sobre lo anterior.
Minerva 3 años, padre desconocido, madre adicta, abandonada por extrema pobreza.
Minerva tiene el cabello ensortijado, ojos adornados por enormes y rizadas pestañas y una sonrisa dibujada con hoyuelos a los costados. Se presentó ante mí desde la primera sesión, mirándose al espejo: “soy Minerva y me gusta dibujar”, estableciendo su propio contrato terapéutico. Me conmovió desde el principio que Minerva quisiera salir de la institución con insistencia. Tenía tres meses de haber llegado y parecía haber caído en la cuenta que no saldría tan fácilmente de allí. Se pegaba la cabeza en la ventana, rompía cosas, me pedía que llamara con el teléfono para que la fueran a visitar, y me pedía que me la llevara lejos de allí. Nos inventamos un juego dentro del consultorio, en el que cruzábamos calles y llegábamos “al parque imaginario”, donde jugábamos a las canicas y los carritos. Otro día jugábamos a subirnos a un tren y viajar viendo paisajes que ella se iba inventando. En una ocasión me comunicaron que no podría seguir atendiéndolas y que tendría que despedirme ese mismo día de ellas. Probablemente Minerva estaba al tanto, porque me pidió que le hiciera siete personas con plastilina y las cubrió solemnemente, como en un entierro, como en mi corazón. Pero también Minerva estaba escenificando su propio desarrollo. Se estaba despidiendo de una etapa y entrando a otra. Jugaba con la muñeca que hacía “unas cacotas” que luego echaba a unas bolsas y también las enterraba alternando con tomar el rol de la mamá y hacerme dormir, comer y jugar. En las últimas sesiones, me pidió que le hiciera “stickers” que se puso en las manos y ella hizo otros para mi, como sellando la reciprocidad de nuestro vínculo.
Carmen, 5 años, ingresó en 2007 con su hermana Valeria, sus padres adictos, las sometieron a pornografía por Internet.
Carmen es robusta, tiene cabello largo lacio, y se expresa en un lenguaje no muy fácilmente comprensible. Tenía poco vocabulario y repetía frases insistentemente para obtener lo que quería, o caía en el mutismo más feroz si no lo conseguía. Tuvimos que trabajar nuestra separación desde que Carmen y yo nos conocimos. Se le hacía intolerable la despedida desde que empezaba la sesión, y por lo tanto el contacto conmigo era amenazador y tremendamente angustiante. Nos inventamos muchos rituales para anticipar la siguiente sesión y algunas especies de objetos transicionales: cintitas de pabilo anudados como quipus, para que contara los días que había entre sesión y sesión, una cadena inmensa de pabilo que rodeaba el consultorio y que ella se guardaba en su bolsillo para representar el espacio en el que concurríamos, hacía dibujos que pegaba en la cabecera de su cama, y que más de una vez despertaron la envidia de las demás. Carmen inventó una nueva manera de tener dos sesiones en una: me pedía que la llevara al baño conmigo y entraba como si empezara otra sesión. Sospecho que pronto tuvo varias cómplices, pues el resto de las niñas esperaba la salida al baño para colgarse de mi cuello y saludarme como si acabara de llegar a atenderlas y no me hubieran visto en días. Su inseguridad por los diversos traumas y la rivalidad con su hermana mayor, pasó una prueba más: descubrieron que no tenía 3 años, sino 5 y que había una confusión en los papeles. En un solo día, Carmen fue trasladada del salón de tres años, al salón de cinco, y fue tratada instantáneamente como tal. Jugábamos su angustia en una escuelita imaginaria, colocando muchos espectadores frente a los cuales ella dibujaba letras en la pizarra. Pronto se convirtió este juego en un escenario más complejo. En la pizarra, que ponía detrás de ella, dibujaba objetos como frutas, ropa, utensilios, mezclados con monstruos terroríficos, que luego me pedía reproducir en hojas de papel que ponía delante de ella. Pronto el escenario se asemejó al del público que la observaba en Internet, pero también al terror instalado en el inconciente que ahora podía reconocer en el espacio terapéutico y representar para entender y organizar. Empezó a pedirme que tomara “fotos” de todo esto, hasta que se animó a representar varias de las poses en las que fue retratada, como una descarga de su angustia y con una remisión de episodios enuréticos no poco frecuentes. Su mejoría en las últimas semanas fue notable y se despidió en la última sesión, diciéndome que se iría de “viaje a la playa”, soltando la cámara que tenía sujeta, para que yo la sostuviera y nos liberáramos por fin de su dependencia al dolor y a la vergüenza.
Patty, 5 años, ingresó en 2007 por abuso sexual, la justicia no termina de aclarar el grado de implicancia de su padre, su madre la abandonó a los 9 meses.
Patty es una niña delgada, de ojos marrones, comunicativa y cariñosa. Patty me recibió con los brazos abiertos el primer día que nos conocimos: “Carolina ha traído cosas nuevas” declaró a las demás cuando terminó la primera sesión. Su temperamento expansivo la llevó a inventar nuevos juegos siempre. Gustaba mucho de la dramatización: hicimos títeres con globos y palos de chupete, tuvimos una sesión de “teatro” en la que armamos un escenario con las telas de distintos colores, construimos un circuito en el que saltaba, rodaba, caminaba en puntas de pie, y trepaba a una silla para mirárse al espejo con placer. También mostró su temor al erotismo que despertaba en ella su padre, escenificando la hora de dormirse en su hogar, o el juego con la goma en barra esparciéndose por sus manos. Luego empezó a jugar un poco más con su feminidad: Construimos un “salón de belleza”, en la que me pedía una vez un peinado especial, o la manicure y hasta la pedicure. Me pregunté muchas veces quién le enseñaría a ser mamá. Tuvo mucha curiosidad por mi vida personal, por saber si tenía hijos, por querer registrar mi cartera, por identificar mi automóvil, y también por la frustración de un vínculo que tenía un término. Me dictó una carta significativa a Rita, en la que pedía que le compre dulces y le contaba cómo la trataban las cuidadoras de la casita hogar a manera de queja, pero nunca quiso desprenderse de esta carta, en parte, porque leyéndola una y otra vez, ensayábamos nuestra propia despedida y en parte porque era precariamente conciente de las muchas despedidas que contiene la vida. Miraba la ventana al anochecer y me preguntaba por los otros niños que tenían un hogar en las luces que identificaba más allá del consultorio. Patty siempre supo mirar más allá de lo inmediato de la institución. Se despidió de mi tratando de animarse con los vínculos que disponía y con la visita quincenal infaltable de su padre.
Yamila, 5 años, separada de sus padres por la justicia en 2008, por violencia familiar.
Yamila es alta, de facciones finas, y modales suaves. Yamila supo desde que ingresó, que sus padres vendrían por ella y lloraba mucho al principio del internamiento, demandando su presencia. Tal vez por ello, pasó mucho tiempo en el que no me permitía intervenir en los juegos que desplegaba ante mi, escenificando muchas veces procesos edípicos, en los que era rescatada por su padre, simbolizado por un indio, o atacada por animales feroces, como sus impulsos, o la agresión entre sus padres. Dibujaba a niños que se portaban mal con su madre y que ennegrecía con energía, culposamente, y que eran castigados duramente, como en su imaginación. Su estadía en la casita hogar fue como ingresar a un mundo de dimensión desconocida. Los niños y adultos que dibujaba tenían nombres como de otro planeta: Tiblix, Tubri, Pilco. Este universo paralelo le permitió un espacio de descanso en medio de una guerra sin cuartel entre sus papás. Cuando sus padres fueron autorizados por la justicia para visitarla, pretendía no hacerles caso, hasta que fue aceptando su presencia, como la mía, que solicitó pidiéndome que le cuente cuentos, que escriba en la pizarra su nombre y el de papás en círculos, y finalmente, dibujando con ella, varias veces, casas a las que se llegaba por medio de puentes, charcos, muros, como su propio proceso para salir del internamiento, y del ensimismamiento para elaborar. Con Yamila pude notar la diferencia del trabajo con una niña que tenía padres en conflicto, que la amaban a pesar de sus diferencias y que le brindaron la estructura capaz de sobreponerse y continuar con su desarrollo. No se entremezclaron los aspectos institucionales ni las fallas iniciales de las otras niñas, que hicieron tan compleja la tarea con las demás.
Valeria, 6 años, fue internada con su hermana menor por pornografía infantil por Internet en 2007.
Valeria me expresó su desconfianza desde que nos conocimos: “Tú no eres como Rita, tú no sabes”, fue su emblemático recibimiento, “pero puedo aprender” le respondí. Valeria es de mirada desafiante, y lenguaje claro y fluido. Indiscutiblemente, la líder del grupo. En parte, pude observar el trauma representado en la enorme desconfianza con la que se dio el vínculo. Mi alianza con ella empezó cuando pude representar que cada una de ellas sería diferente para mí y a la vez que todas representaban un todo en su contexto. Me entregó varias muñecas para que las haga dormir y preparé una cama distinta para cada una de ellas. Cantando una canción diferente para arrullarlas, las cargué a todas ellas en una lliclla, acunándolas por largo rato y me preguntó, casi supervisándome: “¿no serán muchas?” a lo que respondí “no, hay espacio para todas”. Valeria perdió muy pocas veces el control. Me puso al tanto de cada novedad en la institución, disputa o acontecimiento. Se sentía en el deber de discutir asuntos del contrato terapéutico conmigo, de recordarme los turnos para atender a las niñas, el recuento del material de la caja de juegos, de los progresos de las niñas, del modo de pensar de las cuidadoras. Tenía una caja en el consultorio, donde guardaba lo que encontraba en su camino, prácticamente las cosas que los demás desechaban en la basura, pero que para ella eran tesoros y no lo compartía con nadie. Para ingresar un poco más en su mundo, se me ocurrió hacer “plata de mentira”, y así pude intercambiar con ella algunos objetos valiosos. Logramos así, en ocasiones, jugar como una niña de su edad: a la velocidad de los carritos, que le producía grandes carcajadas, o a las cometas que flotaban en el aire, o las reinas de belleza. Pudo confiarme su dolor y compartirlo al escribir una carta a su antigua terapeuta expresándole su pena por la partida, y otra a sus padres, preguntándoles dónde se encontrarían y comentándoles acerca del colegio, de sus amigas de la casita hogar. Se atrevió a soñar con que un día sería maestra, para “enseñar a otros niños”. Sin embargo, los temores de Valeria tenían fundamento y aprendí que una tarea como la encomendada requería un abordaje multidisciplinario.
Las sesiones de terapia debían complementarse con terapia y capacitación para las cuidadoras, con trabajo de voluntarias que organicen paseos al exterior, o actividades expresivas de arte que desarrollen sus talentos y asistentas sociales que puedan velar por ubicarlas en nuevos hogares sustitutos.
Muchas veces se cree que el cuidar niños abandonados, requiere solamente de brindarles un lugar de cobijo, comida y educación. Pero los niños que llegan tienen que procesar varios traumas acumulados en sus cortas vidas, desarrollos no siempre armónicos, condiciones físicas de desventaja, y sumarle a ello, la vida institucionalizada, que es un trauma adicional de hacinamiento, encierro, falta de contacto con el mundo real, ausencia suficiente de vínculos con el género masculino, y de oportunidades de inclusión cultural, e historia de vínculos poco permanentes, con muchas despedidas. La responsabilidad institucional termina con la educación secundaria, sin que puedan preparase en un oficio para sobrevivir y seguir en un proyecto de vida. Las personas a cargo de cuidar a los menores, han tenido a su vez, historias complicadas, las más de las veces, que no han podido metabolizar, y no cuentan con preparación suficiente para estimular un desarrollo infantil adecuado, y mucho menos para ayudar a reparar graves heridas o compensar una vida institucionalizada.
En este marco, las comaletzin afrontamos varios desafíos:
una terapeuta para todas (y todas para una); contra todas las reglas clásicas, las niñas que convivían como hermanas, tuvieron que compartir una misma terapeuta, con todos los sentimientos de celos representados una y otra vez. Mi arribo a la casita implicaba programar unos minutos adicionales, para sentarme con todas y dibujarles por ejemplo en las manitas, unas caritas que representaban su estado de ánimo en esa semana. Eso las dejaba más tranquilas para dedicarme a trabajar individualmente con cada una y era como un rápido pasar lista. Y también me preguntaban durante las sesiones por los juegos que las otras realizaban. Para mi también fue una experiencia intensa trabajar con todas ellas. Hice un cuadro comparativo para ubicarlas en etapa de desarrollo, indicadores de trauma reciente, y manifestaciones del contexto de institucionalización, ya que estos aspectos mostraban desarrollos desiguales entre ellas y necesitaba tener presente estos aspectos muy presente a la hora de abordarlas cada vez. El hecho mismo de haberlas presentado a todas en supervisión, en mi terapia, en el trabajo del concurso y esta noche con ustedes, demuestra la necesidad de diferenciarlas pero de sostenerlas juntas, por lo menos dentro de mí.
marco institucional (terapia delivery); fue uno de los aspectos más difíciles del trabajo. La institución expresaba su expectativa de atención de las niñas, en términos de reparación de un trauma absoluto, transversal, de solución catártica, mágica. Se imaginaban el trabajo terapéutico como una modalidad de reeducación, para volver a las niñas más dóciles y adaptables. Trataban de controlar el proceso terapéutico al máximo, preguntándoles a las niñas por lo ocurrido en las sesiones, confiriendo poca privacidad al espacio terapéutico, sugiriendo contenidos de trabajo con las niñas. Su visión de la pobreza, y de la marginalidad, les hacía tratar de borrar estas huellas en las niñas, como si fueran una falta grave en sus vidas, más que como un contexto poblado de representaciones que yacían en su interior. No contaban con preparación para comprender las resistencias, las expresiones de afectos intensos, el encuadre, la relación misma entre las niñas y la terapeuta, llegando a rivalizar y distorsionar el vínculo terapéutico. Fue el aspecto que más faltó desarrollar.
cambio de terapeuta (misión “comaletzin”); fue todo un reto asumir el cambio no sólo con las niñas, sino también con la institución. Tres de ellas fueron pacientes de Rita y fue difícil que me aceptaran de buenas a primeras. Fue un elemento intenso a trabajar en la terapia a diferencia de las otras cuatro niñas nuevas, en el que este aspecto no estuvo presente. Para la institución también fue complicado. La institución pasó por un período de efervescencia en la creación de la casita hogar, pero luego, empezaron varias disputas al interior de la dirigencia, y un abandono del proyecto inicial, de la ilusión y del entusiasmo sobrevino. Las comparaciones entre estos período fueron proyectadas en gran parte en el cambio de terapeuta, sin que se pudiera integrar la experiencia, como parte de un proceso.
psicoterapia sin historia clínica (o la legión extranjera); por las mismas razones, es decir por una especie de abandono a su suerte de la casita hogar, recibí a las niñas casi sin información. No había tiempo ni condiciones para revisar expedientes o informes anteriores, y hubo que asumirlas en terapia inmediatamente. Por lo tanto, fue como elaborar sus historias en las sesiones mismas, con ellas. Esto fue difícil, pero por otra parte, fue como hacer el contrato terapéutico y el motivo de consulta con cada una de ellas y de hecho así también fue la despedida.
los ingresos y las salidas de las niñas y el personal (bésame mucho como si fuera la última vez). Lamentablemente, Rita no fue la única que tuvo que dejar la casita hogar. La madre sustituta fue removida de su cargo, de la noche a la mañana, llegaron nuevas niñas en períodos cortos de tiempo, y una niña fue dada en adopción, por lo que se generó un clima de tensión adicional y la primera constatación para las niñas, de que no estaban tan seguras, fuera de peligro como ellas hubieran querido. Por lo menos el riesgo de perder relaciones significativas y sufrir no había terminado.
Las poblaciones vulnerables, marginadas, constituyen una razón más del psicoterapeuta que convive con la diversidad. Los procesos de formación en psicoterapia requieren implementar en sus estudiantes el abordaje adecuado a contextos variables, precarios e inestables, que permita implementar procesos de resiliencia en las personas.
“Lo más terrible se aprende enseguida, lo más hermoso nos cuesta la vida” (Silvio Rodríguez)
BIBLIOGRAFÍA:
CYRULNIK, B. (2003) El murmullo de los fantasmas. Barcelona, Gedisa
WINNICOTT, D. (1945). “El niño evacuado”
(1947). “Manejo residencial como tratamiento para niños difíciles”
(1948). “Albergues para niños en tiempos de guerra y de paz”. En: El niño y el mundo externo. Buenos Aires, Horme
1 comentario:
Carolina,
Cuando lo escuché por primera vez me pareció un trabajo precioso. Ahora, que lo he vuelto a leer, tiempo después, sigo opinando lo mismo.
Cecilia
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