viernes, 1 de marzo de 2013

28/04/2011 Historia de una teta hospitalaria

Historia de una Teta Hospitalaria
Acerca de una pérdida y su conversión                                               
Dr. Carlos Vera Scamarone                                                                                                                     Médico Psiquiatra
Perder es parte de la existencia humana. Además, es parte de la existencia de cualquier especie que habita el planeta. En aquellos que tienen conciencia de pertenencia o conciencia del yo (como en la mayor parte de especies homínidas con un lóbulo frontal y área pre frontal), es tal vez más difícil el lograr aceptarlo. Pero las pérdidas no sólo obedecen a una sola categoría material. Obedecen, también, al campo cognitivo, mnésico, como ideas preconcebidas a las que nos aferramos para mantener un rumbo o un norte, por así decirlo. Berne diría que se trata del “guión de vida”. Cuando algún hecho o situación nos cambia esa idea preconcebida, se desarrolla en nosotros una crisis.
Las crisis por pérdida pasan por un periodo de duelo, de negación, reclamo y aceptación. Mejor dicho, nosotros nos adecuamos a la idea nueva o estado nuevo.
Una curiosa situación me fue narrada por una persona de 66 años, hoy. Se trata de una mujer, madre de tres hijos, quien había recibido la noticia de ser poseedora de un cáncer de mama. La mama izquierda específicamente. Eso fue hace 10 años. Al tener aún una edad en la cual disfrutaba de su mama de manera sexual, esto es, era un atributo que ya formaba parte de su imagen mental femenina, una condición que la complementaba como fémina, le entristecía perderla. Sin embargo, el tumor crecía más, notaba su piel como cáscara de naranja, y el ginecólogo recomendó una mastectomía radical (una operación extensa para drenar los ganglios y extirpar la mama).
Al recibir la noticia, salió sin llorar del consultorio del hospital. Eran las cuatro de la tarde. Tomó un bus que la llevó al malecón de la costa verde y se parapetó en el precipicio. Los transeúntes pasaban mientras ella perdía su mirada en el horizonte, como queriendo que el viento marino se lleve esas malditas células cancerígenas de su cuerpo. Por un momento le pareció ser muy ligera. El viento la empujaba al vacío. De pronto, un policía la cogió del brazo y le dijo: “Señora, ¿qué le pasa?” Ella volteó a verle y rompió en llanto. El policía, consternado, sólo atinó a abrazarla. La alejó del malecón y la embarcó en un bus.
Llegó a su casa y su esposo le esperaba: “¡Carajo, mujer, dónde has estado, nosotros preocupados por ti!”  Lo miró con los ojos llenos de lágrimas y se fue a su cuarto. Durmió toda la noche. Al día siguiente fue a preguntar por los requisitos de la cirugía y, luego de 15 días, se le estaba operando. Fue sometida a 10 sesiones de quimioterapia. Cuando estaba en recuperación, guardó cuidado en las recomendaciones.
El esposo, a los cinco años, le dijo que “no servía como mujer” y que la dejaba pues estaba incompleta. Se fue definitivamente de la casa una tarde hace cinco años. También, lloró. Cuando trascurrieron cuatro años, el marido volvió pidiendo perdón. Ella lo aceptó y decidieron volver a vivir juntos. Pero él le confesó que estaba vomitando sangre y los doctores lo desahuciaron. Murió en la cama nupcial hace 6 meses. Ese fue el motivo por el cual llegó  la digna dama al consultorio.
Llegó al consultorio por depresión, hace 6 meses, luego de que su esposo había fallecido de cáncer de estómago. Lo curioso es que, desde que llegaba al consultorio, veía que sacaba del sostén (lugar predilecto para guardar cosas en algunas mujeres) caramelos. Cada consulta era un caramelo que colocaba en mis manos. Hoy, ella me narró su episodio de aceptación al verse frente al espejo y me contó cómo rellena su sostén de algodones y de caramelos. Cuando alguien le conversa o simplemente la escucha, ella saca un caramelo del sostén y lo invita.
“Usted tiene una teta muy dadivosa”, le dije. Nos reímos a carcajadas y, luego de que se fue con su receta, pensé que algunas personas que pierden algo son capaces de reinventarse con situaciones curiosas, sea convirtiendo esa teta ausente en una teta nutritiva, una mama agradecida, una prolongación servicial como una madre o abuela hospitalaria frente a la desgracia. Al salir el día de hoy, no sólo me regaló un caramelo; también, sacó un sublime que aún no se había derretido.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantó ! Toda una lección de vida, ojalá todos aprendieramos algo de ella !
Ana María Avendaño